La más pequeña

Paulina, la más pequeña, solía vivir bajo el cobijo de las flores y alguno que otro hongo. Entre pétalos y gotas de rocío, presenciaba la llegada de la mañana en tenues rayos de luz.

En las plantas de los pies podía sentir el latido de la tierra; en las palmas de las manos le vibraba el corazón. 

Sentada en una piedra contemplaba al cielo escribir con luz el paso del tiempo; pero nunca encontró diferencia entre sus nubes y sus estrellas.

Maravillada, veía danzar a su alrededor las infinitas posibilidades que se suelen llamar «día», y entendía que era imposible que un atardecer pudiera parecerse a otro atardecer. 

Tenía alas, y su alegría podía elevarle hasta el sol; cuando regresaba, su brillo aún le acompañaba.

Estaba hecha de agua y de tierra y en sus ojos había certeza. Era, sin etiquetas, y la vida se manifestaba a través de ella sin juicios ni resistencia, como el río que sigue su cauce sin dudar por un solo segundo que está hecho para fluir.

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